Intervenciones en el Acto de Inauguración del Sesquicentenario
 
  Intervención de D. José María Martínez Val en la Inauguración del Sesquicentenario de la Ingeniería Industrial (Madrid, 8 de Noviembre de 2000)


UNA INGENIERÍA PARA LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

Nació nuestra carrera como una Ingeniería para la Revolución Industrial, en mitad de uno de los siglos más convulsos de la Historia de España, en el que nuestro país sufrió considerablemente en todos los ordenes de la vida, y no logró materializar con éxito la mayoría de sus aspiraciones socioeconómicas.

Nunca se llegó en el siglo XIX a crear una realidad industrial de entidad suficiente, y ello congeló no pocas iniciativas, incluida la exploración y explotación, civil y militar, del mundo submarino, que no otra cosa pretendió Monturiol con sus Ictíneos, y en la cual hubo una participación crucial de Ingenieros Industriales, particularmente barceloneses, y de manera singular de quien acabaría siendo su yerno y principal apoyo, José María Pascual y Deop, gran ingeniero, el primer hombre que logró meter y hacer funcionar no una, sino dos máquinas de vapor en un submarino, el Ictíneo 2. Y no máquinas pequeñas para la época, porque su potencia llegó a 5 caballos, más incluso, que el caballaje de esta máquina tan emblemática que tenemos en nuestro vestíbulo, al que cariñosamente llamamos los ingenieros de esta casa, la sala de la máquina.

José María Pascual y Deop pudo estudiar la carrera de Ingeniero Industrial gracias a que un gobierno de Narváez decidió, a través de su íntimo amigo y ministro D. Manuel Seijas Lozano, crear el Real Instituto Industrial en 1850, y con él la carrera de Ingeniero Industrial.

Este Real Instituto no habría podido fundarse si no se hubiera contado con los mimbres adecuados para hacer un buen cesto. Esos mimbres fueron personas, lógicamente, muy jóvenes todos ellos, pero ya con notabilísima experiencia a sus espaldas. Esos jóvenes que constituyeron el germen de nuestra Ingeniería Industrial fueron los famosos pensionados en l’Ecole Centrale de Paris, a donde llegaron en 1834 con 17 años o poco más. Sus nombres: Joaquín Alfonso, Eduardo Rodríguez y Cipriano Segundo Montesino, a quienes habría que añadir otro gran Ingeniero Industrial, en este caso formado en Lieja, don José Canalejas padre, cuyo hijo sería Presidente del Gobierno y moriría en famoso y triste magnicidio en la Puerta del Sol.

Junto a ellos hay que hacer mención de dos figuras señeras de la Escuela Industrial de Barcelona: su director fundador, don José Roura, y el director que consolidaría esa Escuela, don Ramón Manjarrés.

Roura fue el pionero del uso del gas en España, y había llevado a cabo la iluminación del Palacio Real con lámparas de gas ya en los últimos tiempos de Fernando VII. El gas lo producía por destilación de corcho. Si él fue un auténtico pionero, no lo fue menos don Ramón Manjares, y en dos sectores cruciales hoy día: la electricidad y el teléfono. El mismo año de 1873, en el que España consumía en menos de un año los cuatro presidentes de su I República, Manjares encontró medios para visitar la Exposición Universal de Viena, entablar relaciones con Zenobe Gramme e importar a España las primeras máquinas magnetoeléctricas. A partir de aquellas máquinas se creó la Sociedad Española de Electricidad, la primera en su género, germen de la magnífica realidad eléctrica que nuestro país lleva disfrutando muchos años.

En las décadas finales del siglo XIX nuestra carrera estaba ya absolutamente consolidada, y en ella brillaba como ingeniero más egregio Cipriano Montesino, por entonces y durante muchos años Director general de la poderosa compañía de ferrocarriles MZA, más tarde presidente de la Academia de Ciencias y, curiosamente, heredero nobiliario del General Espartero; en cuyo bienio progresista Montesino, como Director General de Obras Públicas, había elaborado la Ley de Ferrocarriles de 1855; una de las Leyes más fructíferas técnicamente hablando en la historia de nuestro país, pues en el decenio siguiente se tendieron más de un tercio de todos los kilómetros de vía que había en España en 1940. Montesino, como catedrático del Real Instituto Industrial, fue además capaz de componer, en el primer curso que impartió, su libro de Construcción de Máquinas, en tres volúmenes y con más de 1300 páginas. Visto así, Montesino puede parecer un ingeniero de cuello blanco y gabinete. Lo cual no es cierto, pues fue también el primer maquinista del tren Madrid-Aranjuez en 1852, dado que el Marqués de Salamanca, concesionario de esa línea, no se fió de nadie con menos talento que el catedrático de Máquinas del Real Instituto, para ese primer viaje.

Aún contando con sobresalientes ingenieros, España tardó mucho en producir su industrialización, y debemos entender por ésta la capacitación de un país o de una sociedad para la explotación de toda la potencialidad de sus fuerzas productivas mediante el aprovechamiento eficiente de los conocimientos científico-técnicos y los recursos de la naturaleza, para mejora individual y del bien común.

Hace ciento cincuenta años nuestra carrera comenzó su andadura. La potencia industrial de España, en este momento, es señal de que no hemos fracasado. Más bien lo contrario. Pero si la potencia es alta, nuestra potencialidad es mayor. Nacimos como una Ingeniería para la Revolución Industrial y esa Revolución sigue viva; y conviene recordar que de ella dependerá nuestro futuro. Muchas Gracias.


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Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales, 2000